El reloj marcaba las once con cuarenta y tres cuando Pamela salió del baño, envuelta en una bata blanca de satén. La humedad del vapor aún se aferraba a sus cabellos, que caían en ondas desordenadas sobre sus hombros. La noche de la gala había terminado, pero el peso de las palabras no dichas todavía colgaba en el aire como una tormenta por estallar. Cristhian se encontraba junto a la chimenea, sosteniendo una copa de whisky sin probarla, la mirada fija en el fuego, como si intentara encontrar