El llanto cesó, pero el silencio que quedó entre ellos decía más que cualquier palabra. Él continuó acariciándole el cabello, y su voz llegó baja, ronca, resonando junto al cuerpo de ella.
—¿Qué puedo hacer por ti? —murmuró, el timbre grave vibrando bajo su oído—. Pronto esas lágrimas serán de alegría… por nuestro hijo. —Hizo una breve pausa, la mirada perdida en el techo—. Y quién sabe… tal vez incluso quieras tener otro.
—Nunca volveré a quedar embarazada, Liam —susurró ella, exhausta—. Amo a