Edgar soltó una risa baja, apretándola contra su pecho.
Sin decir nada, tomó su mano y la condujo hasta el vestidor. Le mostró cada espacio con orgullo. Después, abrió la puerta de la suite.
Laura entró… y se quedó quieta. Frente a la bañera de hidromasaje, sonrió de lado, con los ojos brillándole con una malicia suave.
—Vaya… —comentó, divertida—. Me va a encantar estrenar esta hidro. Mi mente ya se fue lejos.
Edgar se acercó por detrás. La voz le salió ronca, cargada de intención.
—Tu deseo e