El silencio que se abatió sobre la habitación fue brutal. Érica se quedó completamente inmóvil. Durante unos segundos, solo miró fijamente a su hija, como si no hubiera comprendido lo que acababa de escuchar.
El libro que aún descansaba en su regazo se deslizó lentamente hasta el suelo, pero ninguna de las dos pareció notarlo.
—¿Q-qué? —murmuró, abriendo mucho los ojos, atónita.
Laura no apartó la mirada.
—Deja de fingir —dijo, cruzándose de brazos con rigidez, la mirada cargada de reproche.
Ér