Frederico entró en el coche y se acomodó en el asiento trasero. El conductor aguardaba en silencio, pero él hizo un gesto para que no arrancara. Sacó el móvil, observó la pantalla durante unos segundos y, con calma, comenzó a grabar un mensaje de audio.
—Liam… acabo de salir de tu mansión.
(breve pausa)
—Conocí a tu esposa. Y debo admitirlo… es encantadora. Educada, elocuente, sabe exactamente qué decir en el momento preciso. Tal vez demasiado bien.
(una leve risa ronca, irónica)
—Me quedé… sin