Olívia apenas logró responder. El nombre se le escapó de los labios como un hilo de voz, cargado de asombro, en medio del caos que aún latía dentro de ella.
De pronto, el mundo dio vueltas. La visión se le oscureció por los bordes, el sonido de la calle se volvió lejano, amortiguado, como si estuviera sumergiéndose bajo el agua. Las piernas le flaquearon.
—¡Olívia! —André la sostuvo a tiempo, antes de que cayera al suelo.
El cuerpo de ella cedió por completo, blando, sin fuerzas. Las lágrimas a