Olívia tomó las lencerías, se cambió y fue al cuarto de su cuñada. Se detuvo frente a la puerta y llamó dos veces, con suavidad.
—¿Laura? —llamó—. ¿Puedo entrar?
—¡Claro que sí, cuñadita! —respondió—. Siempre serás bienvenida.
Entra ya… y dime cómo está mi sobrino.
Olívia abrió la puerta sonriendo.
—Muy feliz —dijo, con la mano reposando instintivamente sobre el vientre.
Laura alzó una ceja, maliciosa.
—¿Y esos ojitos brillando, eh? —provocó—. Tienes cara de haber pasado toda la madrugada en el