Los gritos retumbaban en toda la casa. Oliver y Vladimir se enfrentaban como dos bestias sin control, mientras Bárbara, por primera vez en mucho tiempo, mostraba un miedo auténtico. Sus ojos delataban desconcierto y un toque de nerviosismo apenas contenido.
—¡Yo te hablo como se me da la gana! —bramó Oliver, apuntando con el dedo a su madre—. Y espero de verdad que no tengas nada que ver con esto. Porque si es así, te juro que te mando a la cárcel yo mismo.
—Hijo… te juro que no sé nada —respon