—Mira, ahí viene de nuevo, cómetelo —le susurró Larissa, inclinándose hacia América con una sonrisa pícara.
América giró el rostro y lo miró: Gustavo se acercaba junto a sus amigos. Uno a uno, ellos invitaron a bailar a sus amigas, hasta que sólo quedaron Gustavo y ella en la mesa. Él se sentó en el lugar de Larissa, sin pedir permiso, con esa seguridad con la que siempre se había movido desde la secundaria.
—¿Tu número? —preguntó, sacando su móvil del bolsillo con naturalidad.
Ella tomó el tel