Lo único que América podía hacer en ese momento, era abrazarlo con fuerza. Que él supiera que estaba ahí, presente. Más allá de todo lo que pasaba en su matrimonio, más allá de los gritos, la traición, el dolor… ella aún lo amaba. Y ese amor, por más herido que estuviera, no se esfumaba de la noche a la mañana, ni siquiera con la peor de las infidelidades.
Después de despedir a los oficiales, subieron juntos a la habitación de Nathan. Se metieron a la ducha. El agua tibia no logró lavar el nudo