El atardecer caía lento sobre la ciudad, tiñendo el cielo de tonos ámbar y rosados. Cyrus condujo en silencio, con una mano en el volante y la otra entrelazada con la de Stella. De vez en cuando, le lanzaba una mirada discreta a ella, que observaba el paisaje con los labios entreabiertos y los ojos reflejando la curiosidad de quien no sabe adónde la llevan, pero confía plenamente en quien la guía.
—¿Vas a decirme adónde vamos o vas a seguir con el misterio? —preguntó ella, sonriendo.
—Mmm…