La luz del amanecer se filtraba suavemente por las cortinas de la habitación, tiñendo todo de un tono dorado y cálido.
Stella despertó despacio, con el sonido lejano de la ciudad abriéndose paso entre sus sueños. Por un instante no recordó dónde estaba, hasta que vio el techo blanco, el ventanal, y la ropa que había dejado doblada sobre la silla la noche anterior.
Entonces sonrió.
Recordó la pizza, las risas, el abrazo en la alfombra, el «te quiero» de Cyrus pronunciado con tanta ternura