Stella no recordaba haberse divertido tanto como aquella noche jamás, ni haber bailado como lo hizo junto a Cyrus. Sus pies le dolían por los tacones a los cuales no estaba acostumbrada, el pecho le dolía de tanto reír y el corazón parecía que le iba a explotar de tanta felicidad.
El aire nocturno aún llevaba consigo un rastro del bullicio de la fiesta cuando Cyrus tomó su mano con suavidad, guiándola hacia el auto. Ella también seguía un poco abrumada por todo lo vivido —las miradas, los comentarios, la música, la forma en que él no la soltó ni un segundo—, pero más que nada estaba sorprendida por el brillo en los ojos de Cyrus, un brillo distinto al que solía mostrar. Algo juguetón. Expectante.
—¿Quieres venir conmigo a mi departamento? —preguntó él en voz baja, justo cuando la puerta del auto se cerró suavemente.
Stella sintió un vuelco en el pecho. No era miedo… era una mezcla de nervios y emoción.
Nunca había estado en el departamento de Cyrus.
—¿A tu departamento? —repitió.
—No