La puerta de la iglesia se abrió lentamente, y el murmullo de los invitados se transformó en un silencio expectante.
Stella sintió cómo el mundo parecía detenerse en ese instante.
El brazo de Louis era firme bajo su mano enguantada, una presencia sólida que la sostenía sin apretarla, recordándole que no estaba sola. El aire dentro de la iglesia era distinto, cargado de solemnidad y de una emoción casi tangible.
Las flores blancas, rosa empolvado y verde adornaban cada banco, y la luz que se filtraba por los vitrales caía como un velo suave sobre el pasillo central.
Stella dio el primer paso.
El sonido de la música envolvió el espacio, y con él llegaron las lágrimas que había estado conteniendo desde que salió de la casa. No eran lágrimas de miedo ni de tristeza. Eran lágrimas de plenitud. De felicidad absoluta. De un amor intenso e inmenso.
Avanzó despacio, consciente de cada movimiento, de cada respiración. Sus ojos recorrieron el pasillo, los rostros de los invitados, pe