El salón en el que se iba a llevar a cabo la recepción los esperaba envuelto en luz, música y un murmullo alegre que se elevó hasta convertirse en aplausos cuando Stella y Cyrus cruzaron las puertas tomados de la mano.
El lugar era amplio, elegante sin ser frío, decorado con tonos marfil y dorado, centros de mesa con flores blancas y rosa polvoriento que rodeaban velas que proyectaban destellos cálidos sobre las copas de cristal. Una orquesta suave acompañaba el ambiente, y el aire estaba cargado de emoción, de celebración auténtica.
Stella sintió cómo el sonido de los aplausos le recorría la piel. Por un segundo, todo le pareció irreal. Ella, allí, casada con el hombre que amaba, rodeada de personas que celebraban su felicidad. Apretó un poco más la mano de Cyrus, buscando anclarse a esa realidad hermosa.
Cyrus inclinó la cabeza hacia ella y le susurró:
—Lo logramos. Ya somos marido y mujer.
Ella sonrió, con los ojos brillantes.
El primero en acercarse fue Andrew Collins,