Unas horas después, cuando ya habían salido del restaurante en el que habían almorzado —porque gracias al tiempo que perdieron en la ducha, el desayuno tuvo que ser sustituido por almuerzo—, paseaban tranquilamente por la acera.
Stella iba mirando los escaparates: boutiques de ropa de lujo, tiendas de baratijas y restaurantes jalonaban la calle. Llevaba un vestido veraniego y unas sandalias planas bastante cómodas, y la ligera brisa le levantaba el cabello de la espalda y los hombros.
Cyrus caminaba a su lado, tan sexy como siempre con unas gafas de sol, unos pantalones cortos color caqui y un polo azul claro.
Había una heladería italiana en una esquina y Cyrus se detuvo. Volteó a mirarla.
—¿Te apetece un helado?
—Me encantaría. Entremos.
Cyrus le sujetó la puerta antes de dirigirse al mostrador. Tras pedir sus helados, de chocolate con menta para él y de masa de galletas de chocolate para ella, salieron y tuvieron la suerte de que estuviese disponible una pequeña mesa c