El hombre estaba de espaldas, mirando a un lado y a otro, como si buscara a alguien, como si supiera que allí, cerca, estaba ella y la estuviera buscando.
Lo que quedaba del helado de Stella cayó al suelo.
Ella no podía respirar. No podía hablar. El miedo era tal, que ni siquiera podía escuchar que Cyrus le estaba hablando. Lo único que podía hacer era esperar que aquel hombre viniera por ella y la matara o, peor aún, matara a Cyrus delante de sus ojos para hacerla sufrir más de lo que ya la había hecho sufrir.
Estaba helada, pálida, temblando.
Al verla en ese estado, Cyrus también se puso en alerta.
—¿Stella...? ¿Stella, qué ocurre? —preguntó Cyrus, preocupado.
Ella no respondió. Ni siquiera lo estaba escuchando, pues todos sus sentidos estaban en estado de alerta y fijos en aquel hombre.
—¿Stella? —la preocupación aumentó en Cyrus, cuando ella no respondió.
Extendió la mano por encima de la mesa y sacudió la de ella, en el mismo momento en el que el hombre se giró y