El hombre estaba de espaldas, mirando a un lado y a otro, como si buscara a alguien, como si supiera que allí, cerca, estaba ella y la estuviera buscando.
Lo que quedaba del helado de Stella cayó al suelo.
Ella no podía respirar. No podía hablar. El miedo era tal, que ni siquiera podía escuchar que Cyrus le estaba hablando. Lo único que podía hacer era esperar que aquel hombre viniera por ella y la matara o, peor aún, matara a Cyrus delante de sus ojos para hacerla sufrir más de lo que ya l