El silencio cayó de golpe, tan abrupto que hasta el sonido de sus propios corazones pareció desaparecer.
Cyrus se apartó de Stella con un respingo, el corazón latiéndole con fuerza, mientras sus ojos se encontraban con los de su aodre y Andrew, parados unos metros más allá, en la esquina del pasillo.
El rostro de su padre era una máscara de seriedad impenetrable; el de Andrew, en cambio, estaba congelado entre la sorpresa y la incomodidad.
Por un instante, nadie habló.
Solo se escuchaban la