MARCO
El silencio en la oficina era tan espeso que podía cortarse con el cuchillo del fracaso. Rinaldi acababa de colgar el teléfono, y el gesto de su mano, pasándose la palma por la cara, lo decía todo antes de que abriera la boca.
—Encontraron el camión —anunció, su voz es un ronquero de cansancio y rabia contenida—. Abandonado en una nave industrial en desuso, fuera del anillo de vigilancia. Vacío. Ni una huella, ni una fibra, ni un maldito caramelo. Limpiaron bien.
El golpe de la noticia fu