MARCO
Llegamos a la comisaría. El trámite fue un engranaje burocrático frío y previsible. Su abogado, otro tiburón con traje de seda gris y mirada de reptil, ya estaba allí, con una carpeta de piel bajo el brazo y la impaciencia de quien sabe que esto es una mera formalidad. Lo condujimos a la sala de interrogatorios, donde el aire siempre huele a mentira y desesperación. Rinaldi y yo asumimos nuestros roles, el bueno y el menos bueno, pero Dorian parecía conocer el guión mejor que nosotros.
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