DORIAN
La entrada a La Cisterna era discreta, casi invisible desde el exterior. Dos escalones de piedra húmeda conducían a un portón de hierro oxidado. Al abrirlo, el olor a moho y encierro golpeó como una bofetada. El eco de los pasos resonaba sobre el cemento crudo. Arrojé al cura contra una silla metálica atornillada al piso.
—Bienvenido a tu confesionario, padre. Hoy, tú hablas… y yo juzgo.
—Dios se apiade de tu alma —murmuró él, sin alzar la vista del suelo sucio.
—Debería pedir por la suy