VALENTINA
Me siento, el sobre aún apretado contra mí como una segunda piel. Él se sienta frente a mí, pero no me mira fijamente; observa el jardín, dándome espacio. Al momento, la mujer entra sin hacer ruido, coloca una bandeja con dos tazas humeantes de café negro, unos panecillos sencillos y un pequeño cuenco con mermelada casera. Asiente levemente a Marco y se esfuma, cerrando la puerta de tras de sí.
—Coma algo —dice él, no como una orden, sino como una sugerencia médica, señalando los pane