VALENTINA
Unas horas más tarde, llego a la dirección. El edificio es discreto, un fantasma de ladrillo y sombras entre otros comercios cerrados, sus ventanas ciegas como ojos muertos. Subo por una escalera angosta que serpentea en la penumbra, mis dedos se aferran al pasamanos frío y pegajoso como si pudiera frenar el temblor que me recorre desde dentro, un temblor que es mitad miedo, mitad anticipación venenosa. Frente a la puerta marcada con una «C» desgastada y sucia, me detengo. Respiro. Un