VALENTINA
Él se levantó entonces, sin prisas, y se acercó acorralándome en el escritorio.
—Admítelo —susurró, ya a mi lado, su aliento rozando mi oreja—. Lo hiciste porque esta tensión entre nosotros te arrastra aquí tanto como a mí. Porque sabes, en algún lugar oscuro dentro de ti, que esto es más real que cualquier voto, que cualquier rezo. Esto es puro, primitivo. Y te aterra lo mucho que deseas rendirte a ello.
Un temblor, que no era solo de ira, me recorrió. Él lo percibió. Una sonrisa len