DORIAN
Desayunaba solo en la terraza, el café amargo y el periódico sin leer frente a mí, cuando la puerta del estudio se abrió sin que hubiera llamado. La invasión a mi privacidad a esta hora sólo podía significar una cosa: problemas.
Gaetano entró, cerró la puerta y se quedó quieto como un bloque de hormigón, esperando el permiso para hablar. A su lado, como un perro flaco y nervioso, Giuseppe no podía estarse quieto, sus dedos jugueteando con el borde de su chaqueta barata y sudorosa.
—Esper