DORIAN
El aire en el depósito olía a moho, sudor frío y el metal dulzón de la sangre. Era un olor que conocía bien, el perfume de las cuentas pendientes. Grimaldi colgaba frente a mí, un muñeco roto suspendido de ganchos oxidados. Su rostro era un paisaje de violencia reciente: el ojo derecho hinchado, los labios partidos goteando sobre su barbilla ensangrentada, cortes frescos en sus brazos donde la piel se abría como fruta demasiado madura. Jadeaba, un sonido húmedo y patético, luchando por m