MARCO
Unas horas más tarde, cuando el cielo empezaba a lavarse de negro a un gris perlado, el rumor de un motor lento y pesado rompió el silencio cargado del orfanato. No era el rugido amenazante de los camiones de bomberos, ni el zumbido oficial de un coche patrulla. Era el sonido sordo, práctico, de una furgoneta blanca sin marcas que se detuvo junto al portón carbonizado.
Yo estaba apoyado contra el capó de mi coche, el cansancio y el humo pegados a la piel como una segunda capa. Lo vi bajar