MARCO
Descendí del auto, ajustando la gabardina arrugada que me pesaba en los hombros. El aire frío de la mañana olía a ceniza y desastre.
—¿Por qué no me sorprende estar de nuevo en este lugar? —comentó Rinaldi, saliendo del vehículo con su traje impecable, una mancha de orden perfecta en medio del caos.
Tenía razón. El orfanato, bajo la luz gris y húmeda del amanecer, parecía un animal herido y humeante. El ala norte era una herida negra y abierta. En el patio, el cuadro era de absoluta desol