VALENTINA
El comedor del orfanato era un mundo aparte. Un refugio cálido, casi irreal, ajeno al frío moral que todavía me calaba los huesos. El aire olía a minestrone recién servido, al vapor salado de las pastas con salsa de pomodoro, al dulzor cansado del panettone viejo calentado en el horno. Se mezclaban el perfume de crayones mordidos, la cera derretida de velas a medio consumir y ese aroma indefinible de infancia que solo existe donde aún queda fe.
Las paredes estaban cubiertas de dibujos torcidos: san Francesco rodeado de pájaros desproporcionados, vírgenes con coronas de girasoles gigantes, soles felices, casas con chimeneas de humo azul. Arte infantil intentando sujetar la belleza de un mundo que, afuera, se caía a pedazos.
Cuando entré, los niños levantaron la vista al mismo tiempo, como si compartieran un solo corazón.
—¡Sorella Valentina! —gritó Lucía, la más pequeña, con un diente menos y una sonrisa tan grande que parecía no caberle en el rostro.
Corrió descalza sobre el