VALENTINA
El comedor del orfanato era un mundo aparte. Un refugio cálido, casi irreal, ajeno al frío moral que todavía me calaba los huesos. El aire olía a minestrone recién servido, al vapor salado de las pastas con salsa de pomodoro, al dulzor cansado del panettone viejo calentado en el horno. Se mezclaban el perfume de crayones mordidos, la cera derretida de velas a medio consumir y ese aroma indefinible de infancia que solo existe donde aún queda fe.
Las paredes estaban cubiertas de dibujos