VALENTINA
Una de las enfermeras me tomó del brazo con suavidad.
—Vamos —dijo—. Déjelo en manos de Gaetano. Usted también necesita cuidados.
Miré a Dorian una última vez. Su rostro, pálido como la cera. Su pecho, moviéndose apenas. Su mano, extendida hacia mí, como si incluso inconsciente intentara alcanzarme.
—Aguanta —susurré—. Por favor, aguanta.
Y dejé que me llevaran.
Mientras caminaba hacia otra habitación, mientras sentía cómo el agotamiento me vencía, mientras el dolor de mi propio cuerp