VALENTINA
Lo miré sin poder creer lo que oía. El maletín en mis manos pesaba como una losa, como una sentencia, como la libertad que siempre había deseado y que ahora, en este momento, sabía que no quería.
—¿Por qué me das esto? ¿Por qué ahora, Dorian? ¿Por qué cuando finalmente...?
Él sonrió. Una sonrisa débil, rota, desgarrada por el dolor y la sangre perdida, pero sonrisa al fin. La más honesta que le había visto nunca.
—Porque te amo —dijo, y las palabras, simples y directas, me atravesaron