MARCO
El coche devoraba kilómetros de carretera vacía mientras yo miraba fijamente a través del parabrisas. A mi lado, Rinaldi guardaba un silencio denso, incómodo, el tipo de silencio que precede a una sentencia.
—Aquí —indicó Rinaldi, señalando un desvío hacia una zona abandonada, un antiguo almacén con las ventanas rotas y el hormigón agrietado por la maleza—. Nadie nos oirá.
Aparqué junto a los restos oxidados de maquinaria industrial. Apagué el motor y el silencio cayó sobre nosotros, dens