MARCO
La llamada de Rinaldi llegó cuando estaba revisando por enésima vez el mapa de carreteras entre la casa segura y Nápoles. Cada línea roja, cada punto de posible control, era un recordatorio de lo frágil que era el cordón de seguridad que rodeaba a Valentina.
—Bellini —contesté, sin apartar los ojos del mapa extendido sobre la mesa de la cocina.
—Tenemos a Dorian —dijo Rinaldi sin preámbulos. Su voz sonaba extraña; no era el tono de triunfo de una captura, sino algo más grave, cargado de u