VALENTINA
Luciana me encontró en la cocina, enjuagando mecánicamente los trastes que habíamos usado para la cena. El agua caliente corría sobre mis manos, pero mi mente estaba a kilómetros de allí, en un abismo de recuerdos y sensaciones encontradas.
—Ese amigo tuyo es muy guapo —dijo ella, apoyándose en el marco de la puerta con una sonrisa que no era solo amable, sino astuta.
—Sí —respondí, sin levantar la vista del plato que frotaba—. Creo que lo es.
—No es que quiera ser chismosa —continuó,