DORIAN
Las puertas de la comisaría se cerraron a mis espaldas con un sonido metálico y satisfactorio. No era una salida furtiva; era una salida triunfal, escoltada por trajes caros y sonrisas frías.
Mis abogados, dos buitres con corbatas de seda, hablaban entre ellos, repartiéndose el mérito. Un par de pasos detrás, el Sargento Rinaldi observaba la escena desde la entrada, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada de tal forma que parecía a punto de romperse un diente. La frustración eman