DORIAN
Al abrir la pesada puerta de hierro, la luz del día nos golpeó, cegadora. Fuera, el resto de los hombres de Salvatore, alertados por los disparos, ya estaban en posición, armas en mano. Nos vimos rodeados, pero teníamos la única ventaja que importaba.
Guiseppi apretó el cañón de su arma contra la sien de mi tío con tanta fuerza, y elevó la voz, un rugido que cortó la tensión:
—¡El primero que se mueve le vuela la cabeza! ¡Suéltenlas! ¡Al suelo, ahora!
Hubo un momento de duda mortal. Los