Villa Isabella, Montes Sabinos
Treinta años después
El jardín ya no era el mismo.
Las rosas rojas que Elena había plantado décadas atrás ahora crecían silvestres, enredándose en las piedras y los muros. Los cipreses, altos y oscuros, seguían vigilando el camino de entrada como centinelas eternos. La villa, testigo de tantas guerras y tantas paces, comenzaba a mostrar su edad.
Elena, ahora una mujer muy mayor, apenas salía de la biblioteca. Su cuerpo se negaba a seguir el ritmo de su mente, pero