Villa Isabella, Montes Sabinos
Cuarenta años después
La villa había envejecido, como todo.
Las piedras de la fachada estaban cubiertas de musgo. Los cipreses, ahora centenarios, se inclinaban con el peso de los años. Las rosas rojas, aquellas que Elena había plantado con sus propias manos, crecían enredadas en los muros, formando un muro espeso y fragante que protegía el jardín del viento y del olvido.
Matteo, ya muy mayor, apenas salía de la biblioteca. Su hijo, Dante, llevaba las riendas de l