Punto de vista de Roderick
La noche me abrazaba como un viejo cómplice. En mi palacio las sombras se mezclaban con el olor de la sangre y con el silencio de quienes ya no podían gritar. Disfrutaba del poder con la frialdad de quien ha renunciado a toda piedad: dominaba, experimentaba, exigía adoración.
Aquellas mujeres —simples vasijas de un don que codiciaba— no eran más que herramientas para mis fines. Las miraba, las rompía, las utilizaba; y cada fracaso alimentaba un furor más calculador