Azzura
—Entremos al almacén, síganme —ordeno, ignorando al abuelo, y mis chicos me abren el paso.
No los llamo soldados.
Somos una famiglia.
Y una famiglia no obedece… lucha unida.
No llego lejos.
Me bloquean el paso.
Por lo visto, Belucci es el perro fiel del Don.
No lo conozco, pero puedo oler la ambición en sus ojos grises, del mismo modo que huelen la sangre los buitres.
Su mirada me recorre de arriba abajo con la misma condescendencia con la que inspeccionaría un cadáver.
Pero él no sabe…