Azzura
Bal es una máquina de matar.
Estoy admirando cada golpe que da hasta que veo que la luchadora va hacia él. Mi lado territorial se despierta. La alcanzo y le tiro del cabello.
—¿Perra, no harás nada? —cuestiona.
La luchadora me odia desde que sus ojos se cruzaron con los míos. Lo sentí, igual que sentí cómo ese hombre me juzgó por mi apellido.
Estos dos no son santos.
«¿Tengo que intervenir para defender a una persona que me insulta?».
—Por supuesto —respondo, y le regalo un derechazo en s