Nikolai terminó de acomodar el abrigo sobre los hombros de Alma mientras ella sonreía con una paciencia que solo reservaba para él.
—En serio, Nikolai. Lev puede llevarme.
El mafioso hizo una mueca de evidente disgusto.
—Ya tengo una semana llevándote, muñeca. Y me gusta hacerlo.
—Hoy Svetlana te necesita —le recordó acariciándole lentamente la nuca—. Ve con ella, diviértanse y yo trabajaré.
Nikolai suspiró resignado.
—Bien… —sus ojos fueron a Lev—. Cuídala.
—Sí, señor.
—No quiero le qu