—Esto es peligroso, muñeca —la atrajo hasta su cuerpo haciéndola sentir su erección contra su vientre—. Y verte mandona me calienta un montón.
—Bien —dijo Alma, acariciando su cuello con sus dedos—. Porque no pienso parar, Nikolai Romanov.
Él la besó con hambre inmediata, profundo y posesivo, mientras sus manos bajaban por su cuerpo. Desató con habilidad la parte baja del bikini, dejando que cayera al suelo. Luego subió las manos y le quitó la parte superior, liberando sus pechos.
Alma jadeó co