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Capítulo 6. El secreto de la Boticaria.

Capítulo 6

El Secreto de la Boticaria.

Al mediodía, lo único que se escuchaba era el crujido de las botas de Allicent sobre las hojas secas y el zumbido de las Hadas de Polvo que revoloteaban a su alrededor, buscando una gota de sangre que lamer de su hombro herido.

Allicent las espantó con un manotazo violento.

—¡Déjenme en paz! —gritó—. No tengo tiempo para parásitos mágicos.

Había cabalgado durante horas, alejándose del claro de los Elfos y del rostro demacrado de Daemon, hasta llegar a las Ruinas de Oklhaven.

Lo que antes fue un próspero pueblo de Brujas Blancas ahora era un esqueleto de piedra y ceniza, devorado por la maleza.

Se detuvo frente a una cabaña que parecía sostenerse por la fuerza de la hiedra que la rodeaba. Sabía que ella vivía allí. El humo que salía de la chimenea era de un color azul pálido, el tipo de humo que producen las hierbas de purificación.

—¡Sé que estás ahí, boticaria! —gritó Allicent, apoyando la mano en su daga—. No he venido a pelear, pero si tengo que quemar este lugar para que salgas, lo haré.

La puerta se abrió con un chirrido largo y una mujer vieja salió del interior. Su piel parecía corteza de árbol y sus ojos eran completamente blancos, sin pupilas, la marca de las boticarias que habían pasado demasiado tiempo mirando a través del velo de la muerte.

—La Trihíbrida sin lobo tiene prisa —dijo la anciana, soltando una risa baja—. Y lleva un peso en su pecho que no le pertenece. Entra, Allicent. El té de ortigas ya está servido.

Allicent entró en la cabaña. Que estaba atestada de frascos y raíces que parecían retorcerse por cuenta propia.

La boticaria se sentó en una mesa de madera y señaló un taburete.

—Busco una cura —soltó Allicent, sin rodeos—. Mi Alfa está clavado al Árbol Sagrado por una flecha de hueso de dragón. La Bruja de las Sombras hizo un hechizo de "Espejo de Sangre" entre su prometida y yo. Y los Elfos dicen que solo mi muerte puede salvarlos a todos.

La anciana dejó de remover su caldero y miró directo a la runa oculta bajo su ropa.

—Los Elfos son unos cobardes que solo ven la superficie del agua —dijo la boticaria con desprecio—. Esa flecha no es solo una maldición para matar al Alfa, niña. Es un Ancla de Almas.

Allicent frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Que tu Alfa no solo está atado al árbol. Está atado al Plano de las Sombras. El Sauce está absorbiendo su cuerpo, pero el hueso de dragón está succionando su alma hacia el otro lado. Si él muere, no irá al descanso de los antepasados. Se convertirá en un general de las sombras, un esclavo eterno de la Bruja.

Allicent sintió un escalofrío. La idea de Daemon, convertido en un cambiaformas sin alma, era peor que la propia muerte.

—Tiene que haber otro modo de sacarlo de ahí sin que yo tenga que abrirme el cuello —dijo Allicent, su voz temblando por primera vez—. Los Elfos dicen que el árbol necesita una vida para soltar la flecha.

—El árbol necesita equilibrio, no necesariamente una muerte —corrigió la anciana, acercándose a Allicent con una lentitud desesperante—. Pero hay algo que no entiendes. Las Brujas de las Sombras no pueden crear un espejo sin un punto de apoyo. No pueden maldecir lo que es puro y sólido.

—Euvic es pura —dijo Allicent—. Es una princesa Elfo y tiene la sangre del Rey Hechicero Blanco.

La boticaria soltó una risa ronca.

—La bruja solo maldice lo que ya está podrido. Esa es la primera regla de la magia oscura. Para que el espejo se anclara en Euvic, tuvo que haber una grieta en ella. Una puerta abierta.

Allicent se quedó en silencio, procesando las palabras. Recordó la noche del ataque. Los Orcos mercenarios que se dispersaron demasiado rápido. El ataque directo al centro del banquete. La forma en que Euvic se había quedado parada mientras la flecha volaba hacia Daemon.

—¿Estás diciendo que ella... ayudó a la bruja? —preguntó Allicent en un susurro.

—Estoy diciendo que busques la verdad entre las cenizas —respondió la anciana, dándole un pequeño frasco con un líquido grisáceo—. Esto no curará al lobo, pero calmará el zumbido de la flecha durante unas horas.

Allicent salió de la cabaña con la cabeza dando vueltas y regresó al claro de los Elfos.

Daemon seguía allí, colgado, con la cabeza gacha. Pero Allicent no fue directamente hacia Daemon.

Se quedó en el borde del claro, las palabras de la boticaria —"la bruja solo maldice lo que ya está podrido"— le martilleaban la cabeza con la fuerza de un tambor de guerra.

Caminó hacia el centro de la plaza. Se arrodilló en el lugar exacto donde Euvic había permanecido de pie cuando el primer grito rompió la velada.

Sus manos empezaron a remover los restos de cristales rotos y flores marchitas.

Buscaba esa grieta, una prueba física de la "puerta abierta" que mencionó la anciana.

De pronto, algo bajo una mesa volcada brilló con un reflejo metálico. Allicent lo tomó.

Era un amuleto de ónice negro, tan pesado que parecía hecho de plomo. Al limpiarlo con su capa, el corazón se le detuvo.

Tenía un relieve grabado, el emblema del Clan de las Sombras: el ojo rodeado de espinas que solo los servidores de las Brujas de las Sombras podían portar.

—No puede ser... —susurró Allicent, sintiendo que se le escapaba el aire.

Tenía el enganche roto, como si hubiera sido arrancado del cuello de alguien durante el caos. El frío que emanaba de la piedra era el mismo que sentía en su propia runa.

—¿Allicent? —la voz de Daemon la sacó de sus pensamientos.

Cerró el puño instintivamente, escondiendo el amuleto. Se puso de pie y caminó hacia el árbol. Daemon había levantado la cabeza; sus ojos estaban rojos, hundidos, y un hilo de sangre le corría por la comisura de los labios.

—Has tardado mucho —masculló él, intentando enfocarla—. Pensé que habías decidido... hacerme caso y marcharte.

—No tienes tanta suerte —respondió ella, forzando una voz firme mientras el amuleto le quemaba la palma de la mano—. Traigo algo para tu dolor.

Destapó el frasco que le dio la boticaria. Con cuidado, vertió el líquido sobre la base de la flecha de hueso. En cuanto el brebaje tocó la herida, el zumbido constante que emanaba se apagó. Daemon soltó un suspiro de alivio tan profundo que pareció que sus pulmones iban a estallar.

—Esa mujer... ¿qué te dijo? —preguntó él, con la voz un poco más clara.

Allicent lo miró fijo. Estaba a centímetros de él, viendo la vulnerabilidad en sus ojos. Podía decírselo ahora. Podía sacar el amuleto y escupirle la verdad a la cara. Pero al ver la devoción que aún brillaba en sus ojos cuando mencionaba a Euvic, Allicent calló. No era el momento.

Si Daemon perdía la voluntad de vivir ahora, el Ancla de Almas lo arrastraría al Plano de las Sombras antes de que ella pudiera encontrar una forma de romper el hechizo.

—Dijo que los Elfos son unos inútiles —masculló, apartando la mirada—. Y que el árbol te está usando para limpiarse. Nada que no supiéramos ya.

—Vuelve con ella, Allicent. Quédate cerca de Euvic. No dejes que muera.

Allicent apretó el puño donde escondía el amuleto. El odio que sentía por la traición de Euvic se mezclaba con la rabia hacia Daemon por ser tan ciego.

Se alejó sin decir una palabra más, dejando al Alfa en una tregua temporal con su dolor.

Caminó hacia la casa donde la "princesa pura" dormía su sueño eterno, sintiendo el peso del amuleto de ónice contra su piel. Ahora sabía que no estaba peleando contra una maldición al azar. Estaba peleando contra una conspiración que nacía desde el corazón mismo de la realeza Élfica.

—Duerme tranquila, su majestad —pensó Allicent, deteniéndose frente a la puerta de la habitación—. Porque cuando despiertes, no habrá espejo que te proteja de lo que voy a hacerte.

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