Mundo ficciónIniciar sesiónCapítulo 5
La Intimidad del Dolor. Dos semanas habían pasado y el claro de los Elfos se había vuelto el lugar más silencioso de todo el valle; los pájaros ya no cantaban cerca del Sauce Llorón y el aire apestaba a una mezcla de humedad y algo metálico que salía directamente de la herida de Daemon. Allicent caminaba hacia el Árbol Sagrado arrastrando los pies. No había dormido más de tres horas seguidas desde la emboscada. Cada vez que cerraba los ojos, la runa de su pecho le daba un latigazo, recordándole que el corazón de Euvic seguía allí, latiendo como un parásito a costa del suyo. Llevaba una vasija de madera con agua tibia y un trapo viejo. No había ungüentos mágicos ni elixires; los Elfos se habían encerrado en sus torres, esperando a que Daemon muriera o el árbol terminara de tragáeselo. Daemon no abrió los ojos, pero sus fosas nasales vibraron. —Hueles a perro mojado —masculló él, frunciendo el ceño. Su voz era áspera. —Y tú hueles a muerto, así que estamos a mano —replicó ella con mucha rudeza. Allicent le quitó la camiseta, sus manos temblaron al quedar a centímetros de su torso, sus ojos descendieron con lentitud desde su pecho hasta su abdomen. Mojó el trapo y empezó a limpiar la costra de sangre negra que rodeaba la flecha de hueso. En cuanto el agua tocó la piel, Daemon soltó un gruñido que le vibró en el pecho. —Quieto —le ordenó ella. —Duele como si me estuvieras arrancando las entrañas con tus malditos dedos, Allicent. ¡Para ya! —Eso es porque la flecha está viva, idiota. Se mueve cada vez que respiras. Si no limpio esta porquería, la infección te llegará al corazón antes que el veneno de la bruja. Allicent se inclinó un poco más. Estaba tan cerca de Daemon que podía sentir el calor abrasador que emanaba de su piel. Intentó mantener la mente enfocada en la herida, pero era imposible. Tenía a Daemon a centímetros, sintiendo su respiración pesada golpeándole el cuello. Daemon, por su parte, apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula. El dolor de la flecha era un infierno, sí, pero el roce de las manos de Allicent sobre su pecho era otra clase de tortura. Durante años, ella había sido su mejor amiga, la mejor de las guerreras, su sombra en el campo de batalla. Pero ahora, con los sentidos alterados por la fiebre, su olor lo estaba volviendo loco. No olía a las flores suaves que solía usar Euvic; Allicent olía a bosque, a sudor real, a algo puramente salvaje que despertaba ese instinto de lobo que creía dormido. —¿Por qué no dejas que los Elfos lo hagan? —preguntó él, tratando de distraerse de la sensación de sus dedos sobre su piel. —Porque los Elfos tienen miedo de ensuciarse las manos contigo —soltó ella, sin filtros—. Y porque no confío en nadie más para que te cuide. Él abrió los ojos. Tan oscuros e intensos, devorados por la fiebre, pero con una chispa de lucidez que la atravesó. —¿Por qué, Allicent? Me odias. Me odias tanto por lo que te pedí que hicieras. Allicent se detuvo. El trapo goteaba sobre el muslo de Daemon. Levantó la vista y se encontró con su mirada. Estaban tan cerca que si uno de los dos se movía tan solo un poco, sus narices se rozarían. —Te odio por ser un idiota —susurró ella, y su voz perdió toda la dureza—. Te odio por creer que mi vida vale menos que un recuerdo. Pero no puedo dejar de cuidarte. Es lo que hacemos siempre, ¿no? Tú me cuidas la espalda, yo te curo las heridas. Daemon soltó un suspiro tembloroso. El dolor de la flecha le dio un latigazo fuerte y, sin pensarlo, lanzó su mano libre y le agarró el antebrazo con una fuerza que le dejó los dedos marcados. Allicent no se soltó. Al contrario, dejó caer el trapo al suelo y puso su mano sobre el pecho desnudo de Daemon, justo encima de donde su corazón golpeaba como un animal atrapado. El silencio en el claro se volvió denso. Se podía oír el crujido del Sauce, el goteo del agua en el balde y el latido desbocado de dos personas que se estaban descubriendo en medio de una tragedia. El odio seguía ahí, sí, pero se estaba mezclando con una tensión física que quemaba más que la plata de la flecha. Daemon tiró de ella, obligándola a acercarse aún más, hasta que sus pechos casi se tocaban. —Eres una terca —dijo él, y sus ojos bajaron a los labios de Allicent. —Y tú un estúpido —respondió ella, pero no se alejó. Su pulgar empezó a acariciar la piel caliente del pecho de él, subiendo y bajando, olvidando por un segundo que estaban en medio de una pelea. Por un instante, el mundo desapareció. No había brujas, ni hechizos malditos, ni consejos de ancianos. Solo eran ellos dos, dos lobos heridos tratando de encontrar un poco de calor en medio del invierno más largo de sus vidas. El deseo estaba ahí, asomando la cabeza de forma involuntaria, nacido de la desesperación y de la intimidad forzada de esos catorce días. Entonces, la runa en el pecho de Allicent brilló. Fue un destello rojo, violento y doloroso, que le quemó la piel por debajo de la ropa. Allicent soltó un gruñido ahogado apretando los dientes y se encogió, llevándose la mano al pecho. El vínculo con Euvic acababa de reclamar su cuota de energía. Euvic, que dormía tranquila en su habitación, debía de haber tenido una pesadilla o un bajón en su pulso, y el hechizo de Espejo le recordaba a Allicent que no era libre de sentir nada que no fuera dolor. Daemon la soltó como si hubiera tocado hierro ardiendo. El hechizo lo golpeó como un balde de agua fría, devolviéndolo a la realidad de su traición. Se sintió culpable por haber deseado a la mujer que tenía delante mientras su prometida se marchitaba por su culpa. —Vete —gritó Daemon, y su voz volvió a ser esa pared de hielo que ella conocía. —Daemon, espera, la herida todavía no está... —¡He dicho que te vayas! —rugió él, y el esfuerzo hizo que la flecha se moviera de nuevo, manchándole el torso de sangre—. Ve a ver cómo está Euvic. Ella es lo único que importa. Es la razón por la que todavía no he dejado que este árbol termine detragarme. Allicent se puso de pie, temblando. La marca en su pecho seguía palpitando, quemándole la piel, pero el dolor del rechazo de Daemon era aún más doloroso. Se limpió una lágrima de rabia con el hombro y recogió el balde de madera. —Ella está bien, Daemon. Siempre estará bien mientras yo me desangre por los dos —dijo ella, con una amargura que sabía a hiel—. Sigue engañándote si eso te ayuda a dormir mejor, pero los dos sabemos que si ella despierta y te ve así, no sabría ni por dónde empezar a curarte. Daemon no respondió. Cerró los ojos y apoyó la nuca contra la madera ennegrecida del Sauce Llorón. —Lárgate —susurró sin mirarla. Allicent cruzó el claro de los Elfos sin mirar atrás. Sus pasos eran pesados, cargados con el peso de una lealtad que ya no sabía si era devoción o simplemente una costumbre suicida. Daemon se quedó solo en medio de ese valle. El olor de Allicent seguía allí, flotando en el aire, burlándose de él. Se mordió el labio hasta que le salió sangre, tratando de borrar la sensación de la caricia de ella sobre su pecho. —Euvic es la única que me importa —quiso mentirse a sí mismo, mientras el Sauce Llorón se astilló un poco más, soltando un crujido que le erizó la piel. La jugada ya estaba hecha. Daemon se estaba rompiendo por dentro, no por el veneno, sino por la verdad que no quería admitir. Y Allicent, herida y rechazada, empezaba a entender que a veces, salvar a alguien significa perderse a sí mismo en el proceso.






