Mundo ficciónIniciar sesiónCapítulo 3
La Vigilia de la Luna Roja. La primera noche cayó sobre el Valle como una sentencia de muerte. No fue un atardecer gradual; fue un hachazo de oscuridad que devoró los restos de luz sobre el Árbol Sagrado. El frío no tardó en llegar, un frío antinatural que no traía el viento, sino que brotaba de la tierra misma, como si el suelo estuviera resentido por la sangre derramada. Un frío que se metía debajo de las uñas y hacía que los dientes castañearan hasta que las mandíbulas dolían. Daemon había perdido el conocimiento después de que los últimos supervivientes huyeran. Su cuerpo colgaba de la flecha de hueso de dragón. La cabeza le caía sobre el pecho, y su cabello oscuro, empapado en una mezcla de sudor febril y sangre, le ocultaba el rostro. El Sauce Llorón, el Árbol Sagrado que ahora servía de cruz, soltaba crujidos constantemente, un lamento de madera que parecía marcar los segundos de una vida que se escapaba. Allicent no se permitió el lujo de la desesperación. Se limpió la cara con el dorso de la mano, dejando un rastro de sangre seca sobre su mejilla, y se puso a trabajar. Sabía que el claro, con el olor a sangre real de un Alfa y la magia del hechizo maldito era un faro para cualquier monstruo hambriento a diez leguas de distancia. Primero, se ocupó de Euvic. Con una brusquedad que rayaba en el desprecio, arrastró su cuerpo inerte hacia su antigua habitación. La depositó es su cama sobre unas mantas de tela finas sin el más mínimo cuidado. —Duerme bien, "majestad" —masculló Allicent, clavando su daga de amatista con fuerza sobre la mesa—. Mientras tú sueñas, yo me encargo de que no nos maten. Luego, volvió al árbol. Necesitaba que Daemon despertara. Si él moría, el círculo sobre el Norte se rompería, y ella perdería la poca protección mística que aún los rodeaba. Además, necesitaba que él sintiera que seguía vivo, aunque fuera para odiarla. Encendió una hoguera pequeña a los pies del sauce. El humo subió en espirales, perdiéndose entre las ramas del árbol que se marchitaba lentamente. Se subió por las raíces más grandes, ignorando el dolor en sus propios músculos, hasta quedar frente al rostro de Daemon. —¡Daemon! —le soltó una bofetada seca que resonó en el vacío del claro—. ¡Despierta, maldita sea! ¡Mírame! Él soltó un fuerte quejido. Sus párpados temblaron antes de abrirse lentamente. Sus ojos, antes dominantes y fieros, estaban nublados por una neblina de dolor delirante. Cuando logró enfocar a Allicent, su mandíbula se tensó en un instante. —¿Sigues aquí? —su voz era un murmullo roto—. Te di una orden. Vete y cuídala a ella. —Y yo te dije que te guardaras tus órdenes donde no te diera el sol —respondió ella, acercándole una vasija con agua a los labios—. Bebe. Tienes la piel ardiendo y el veneno de la plata te está secando por dentro. Daemon apretó los labios, girando la cabeza con un gesto de desprecio. El crujido de las espinas moviéndose dentro de su hueso fue audible en el silencio de la noche. —No voy a tocar nada que venga de tus manos —respondió él, mirándola con un odio que a Allicent le dolió más que cualquier golpe—. ¿Cómo puedes estar aquí, respirando, sabiendo que ella está atrapada en la oscuridad porque tú eres demasiado cobarde para usar esa daga? —No es cobardía, es sentido común —replicó Allicent, sujetándole la cara con una mano para obligarlo a mirarla a los ojos—. Euvic no podrá salvarnos, Daemon. No sabe pelear, no sabe liderar, y ni siquiera tiene la magia de su padre. Si yo muero para que ella despierte, este Valle caerá en menos de una hora. Los Orcos están en las fronteras, los Vampiros están oliendo tu debilidad. Bebe la maldita agua y mantén tu sucia lengua por dentro de los dientes. —Prefiero morir de sed que vivir gracias a tu egoísmo —escupió él. Allicent soltó un gruñido de frustración y bajó de las raíces de un salto. Se sentó junto a la hoguera, afilando sus dagas contra una piedra, ignorando el vacío que el rechazo de Daemon dejó en su pecho. Durante años, ellos habían sido una sola sombra en el campo de batalla. Ahora, eran dos extraños unidos por un hilo de sangre y rencor. El silencio de la noche fue interrumpido por el roce de unas garras sobre las hojas secas. De las sombras del Bosque Prohibido, empezaron a salir Carroñeros de Sombras, criaturas creadas por la nigromancia de las brujas para limpiar los restos de las guerras. Parecían perros desollados, con extremidades demasiado largas y ojos que brillaban con un rojo incandescente en la oscuridad. Eran al menos una docena, y todos tenían la vista fija en el Alfa crucificado. —Vienen por el corazón del lobo —murmuró Daemon, observándolos con una calma suicida—. Déjalos, Allicent. Deja que acaben con esto de una vez. Así ella despertará. —No mientras yo viva —sentenció Allicent, poniéndose de pie y desenvainando sus dagas de amatista. La primera bestia saltó desde la oscuridad con un chillido que helaba la sangre. Allicent se lanzó hacia adelante, interceptando a la criatura en el aire. Le hundió la daga en el cuello y sintió cómo el humo negro y caliente le golpeaba la cara. El carroñero se deshizo en cenizas antes de tocar el suelo, pero tres más ocuparon su lugar. —¡A tu izquierda, estúpida! —gritó Daemon. El instinto de guerrero fue más fuerte que su odio, y por un segundo, volvió a ser el Alfa que dirigía a sus tropas. Allicent rodó por el suelo, esquivando un zarpazo que le habría arrancado la columna. Se puso de pie con un movimiento rápido y cortó las patas delanteras de otra bestia, pateándola lejos de la hoguera. Estaba sola. No había soldados de la guardia real, ni arqueros elfos, ni la magia blanca del Gran Hechicero. Era ella contra la oscuridad, protegiendo a un hombre que quería verla muerta. —¡Son demasiados! —rugió Daemon, forcejeando contra la flecha. El dolor lo hizo vomitar más sangre, pero no dejaba de mirar la pelea—. ¡Vuelve a la tienda! ¡Protege a Euvic! ¡Déjame aquí! —¡Cierra la boca de una vez, imbécil! —respondió Allicent, jadeando. Una de las bestias logró atraparla. Sus garras se hundieron en el hombro de Allicent, justo donde la armadura de cuero se unía al cuello. La guerrera soltó un grito de puro dolor, pero no soltó sus armas. Giró sobre sí misma, hundiendo su daga en el cráneo de la criatura hasta que se disolvió. La sangre de Allicent empezó a manchar su uniforme, mezclándose con su sudor. Sentía que el brazo le pesaba, que el veneno de las sombras empezaba a entumecerle los dedos, pero siguió peleando. Cortó, apuñaló y golpeó hasta que el último de los carroñeros huyó hacia el bosque con un grito agudo. El claro quedó en silencio. Solo se escuchaba el crepitar de las llamas y la respiración errática de Allicent. Guardó sus dagas con manos temblorosas y se dejó caer a los pies de Daemon, apoyando la espalda contra el tronco del Sauce Llorón. —Están muertas —dijo ella, su voz era apenas un susurro—. Todas. Daemon la miró desde arriba. La furia que lo había poseído se evaporó de golpe al ver su estado. La luz de la hoguera iluminaba la herida en el hombro de Allicent; era profunda, fea, y la sangre manchaba las raíces blancas del árbol sagrado. Por primera vez en toda la noche, Daemon guardó silencio. No hubo reproches. Solo el peso de la realidad: Allicent acababa de recibir el golpe que iba dirigido a él. Estaba arriesgando su vida y su alma para mantener en pie un reino que ya le había dado la espalda. —Allicent... —susurró Daemon, y esta vez, su voz no tenía odio, sino el peso de una culpa que empezaba a arder más que la plata. La guerrera estaba herida, marcada por las sombras y el Alfa empezaba a recobrar la cordura a través del dolor ajeno






