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Capítulo 2. El grito del Árbol Sagrado.

Capítulo 2

El Grito del Árbol Sagrado.

El silencio que siguió a la desaparición de la Bruja fue más violento que el estallido de las flechas. No era paz; era el vacío que deja la muerte cuando se ha llevado lo mejor de un lugar.

El Claro de los Elfos, antes un santuario de luz, ahora era un matadero repleto de sangre. Los Elfos que quedaban en pie huían hacia las profundidades del bosque, mientras que los Orcos mercenarios, que antes habían servido como guardia perimetral, se dispersaban hacia las profundidades del bosque prohibido abandonando a sus patrones a su suerte.

En el centro, Daemon seguía clavado al árbol. La flecha de hueso de dragón no solo lo mantenía prisionero; parecía estar alimentándose de él.

El Sauce Llorón, el Árbol Sagrado que había resistido milenios, comenzó a soltar un crujido casi inaudible.

Desde el punto donde la flecha perforaba la corteza, unas vetas negras como tinta china empezaron a trepar lentamente por el tronco, marchitando las hojas al contacto.

—Daemon… —susurró Allicent. Sintiendo que sus pulmones pesaban una tonelada.

El hechizo de la bruja le hacía sentir cada latido del corazón de Euvic, que yacía a unos metros de ella en el suelo.

Allicent corrió hacia el árbol.

—¡No te acerques! —ordenó Daemon. Su voz era un rugido seco, una sombra de la autoridad que solía tener—. Allicent… saca a Euvic de aquí, mantenla a salvo. ¡Llévatela ahora!

—¡Cállate, Daemon! No voy a dejarte aquí como un animal en exhibición —replicó ella, su voz temblando de rabia y dolor.

Allicent trepó por las raíces del Sauce hasta quedar a la altura del hombro de su Alfa.

El olor a carne quemada por la plata era insoportable.

Ella extendió sus manos, las mismas que tantas veces habían degollado Vampiros y Orcos descarriados en las fronteras del Norte, y rodeó el asta amarillenta de la flecha.

—A la de tres —dijo ella, apretando los dientes y cerrando sus ojos con fuerza—. Uno… dos… ¡tres!

Tiró con toda su fuerza de guerrera. Pero en cuanto el hueso se movió un milímetro, Daemon soltó un alarido que pareció desgarrar el cielo.

—¡Detente! —suplicó Daemon, con los ojos en blanco—. ¡Tiene espinas, maldita sea! He sentido cómo se mueven dentro de mí. Si intentas sacar la maldita flecha, las espinas me destrozarán por dentro. Es un hechizo mezclado con nigromancia.

Allicent soltó la daga, horrorizada. Al observar de cerca, vio que la flecha no era un objeto inerte.

El hueso de dragón parecía tener vida propia; al sentir la tracción, unas púas microscópicas se desplegaban dentro de la carne de Daemon, anclándose a su clavícula y a la madera del árbol.

Era como una especie de anzuelo, cuanto más luchaban por sacarla, más destrozaba su carne y se incrustaba en el corazón del Sauce.

—Está viva… —jadeó Allicent, limpiándose la sangre de las manos—. ¡La flecha está viva!

—Se alimenta de mi agonía —susurró Daemon, su cabeza cayó hacia adelante, y el sudor empapaba su cabello oscuro.

Ella lo miró, y lo que vio en él la destruyó por completo. El Alfa invencible, el hombre que la había entrenado para no temerle a nada, tenía los ojos empañados por un dolor delirante.

​—Tiene que haber un modo de revertir el maldito hechizo —dijo Allicent, mirando desesperadamente a su alrededor—. Si despierto a Euvic, ella podrá buscar a su padre y convencerlo de usar su magia para disolver este hueso.

​—El Rey loco no se prestará para ayudarnos. Solo hay un modo de despertarla, y tú lo sabes —Daemon la miró fijamente, y en su mirada había una determinación aterradora que la hizo dar un paso atrás—. La bruja fue explícita. Quiere tu corazón, Allicent. A cambio de la vida de Euvic. Una vida por otra.

​Allicent sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el hechizo.

​—¿Me estás pidiendo que me rinda, Daemon? ¿Después de todo lo que he sacrificado por este clan?

​—Te estoy pidiendo que salves el Valle —rugió Daemon, y el esfuerzo le provocó una convulsión que hizo que el Sauce Llorón soltara un crujido estruendoso, como si la madera se estuviera astillando desde adentro—. Mira el cielo, Allicent. Las sombras están bajando. Los Elfos han huido, los Enanos han vuelto a las minas. Si el Sauce muere, el Valle se convierte en un desierto de cenizas. Euvic tiene el conocimiento... Tú solo tienes una espada.

​—Mi espada es lo que ha mantenido este reino a salvo mientras tú soñabas con una boda perfecta y un tratado de paz ficticio —escupió Allicent, la rabia empezando a quemar sus venas—. ¿Y ahora me dices que mi valor se reduce a ser un sacrificio para una mujer que ni siquiera pudo heredar el conocimiento de su padre?

​—¡Es tu Alfa quien te lo ordena! —el grito de Daemon se transformó en un lamento—. Ella es la esperanza del futuro, Allicent. Si alguna vez fuiste leal, usa esa daga de amatista y haz que sus ojos se abran de nuevo.

​El silencio que siguió a esa orden fue absoluto. Ni siquiera el viento se atrevía a soplar. Allicent miró la daga en su cinturón, el arma que Daemon mismo le había regalado en su primer aniversario de amistad.

La piedra de amatista incrustada en el pomo parecía burlarse de ella, brillando con una luz púrpura maligna.

​Daemon deliraba, sí, pero la verdad que salía de sus labios era un veneno más letal que el de la propia flecha.

Él estaba dispuesto a sacrificarla por una mujer que no era más que un adorno que llevaba siempre colgando de su brazo.

​—No —dijo Allicent. Su voz no tembló. Era la voz de alguien que acababa de ver cómo su mundo se incendiaba y decidía caminar entre las llamas.

​—¿Qué has dicho? —Daemon forcejeó, y un grito de agonía escapó de su garganta cuando las espinas internas de la flecha le rasgaron la clavícula—. ¡Es una orden directa! ¡Hazlo!

​—No voy a quitarme la vida, Daemon. Y tampoco voy a dejar que mueras aquí —Allicent retrocedió, alejándose del árbol y del hombre que acababa de cuestionar su lealtad—. Pero no voy a jugar el juego de la bruja. Ella quiere que elijamos entre la muerte de uno o el sacrificio del otro. Quiere que nos devoremos entre nosotros mismos antes de que ella mueva un solo dedo.

​Caminó hacia donde yacía Euvic. La cargó en brazos con una brusquedad que rayaba en el odio.

El vínculo del hechizo de Espejo de Sangre la golpeó de nuevo; sintió el pulso lento de Euvic como un parásito en su propio pecho, robándole el aliento, dejándola aturdida.

​—¡Vuelve aquí! —gritó Daemon, con la sangre chorreando por su túnica—. ¡Allicent, si te la llevas a ella, nos condenas a todos!

​—Nos condeno a luchar, Daemon —replicó ella, girándose en el límite del claro—. Te quedarás ahí, clavado a tu destino. Sentirás cada segundo del veneno y cada espina de ese hueso de dragón. Y rezarás para que yo sea tan buena guerrera como dices, porque no voy a descansar hasta encontrar a esa maldita Bruja y te juro que le arrancaré el corazón antes de que el tuyo o el mío deje de latir.

​—¡Es un suicidio! ¡No sobrevivirás una noche en el bosque con ella a cuestas! —la voz de Daemon se quebraba, perdiendo la fuerza del Alfa para convertirse en el miedo de un hombre roto.

​—Entonces moriré peleando, no arrodillada ante una daga al mando de tu debilidad —sentenció Allicent.

​Se internó en la oscuridad del bosque, donde los ojos rojos de los Vampiros empezaban a multiplicarse entre las ramas. A sus espaldas, el Grito del Alfa crucificado resonó como una campana, anunciando que la era de paz había terminado y que la Luna que él tanto deseaba ahora dependía de la mujer a la que acababa de condenar a muerte.

Allicent no lloró; no había espacio para las lágrimas cuando el corazón latía por dos y el odio empezaba a ser el único combustible para mantenerla en pie.

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