Mundo ficciónIniciar sesiónCapítulo 4
La Runa del Sacrificio. El amanecer no trajo consuelo. La luz mortecina se filtraba entre las ramas del Sauce Llorón, revelando la magnitud del desastre. El claro era un cementerio de cenizas negras y restos de la emboscada del día anterior. Allicent despertó con un respingo, su mano volando instintivamente al pomo de su daga. El hombro le ardía como si tuviera un hierro al rojo vivo incrustado en la carne. Se desabrochó los primeros botones de su túnica para revisar la herida, pero lo que vio la dejó sin aliento. No era solo el zarpazo de la bestia. Era una marca que brillaba bajo su piel. Una runa antigua grabada con la caligrafía de la Bruja de las Sombras, que palpitaba con un color rojizo malsano. Con cada latido lento y pesado que Allicent sentía en su pecho —un latido que no era el suyo—, la runa emitía un destello. —Maldita sea... —susurró, tocando la marca. Sintió una punzada de frío en el corazón. Al otro lado del claro, en la habitación donde descansaba Euvic, el pulso de la novia debió debilitarse, porque la runa en el pecho de Allicent ardió con furia, obligándola a encorvarse de dolor. El "Espejo de Sangre" no era solo un vínculo; era un parásito que estaba devorando su energía vital para mantener a la otra con vida. —¡Allicent! —la voz de Daemon sonó ronca, pero extrañamente carente del veneno de la noche anterior. Ella se abrochó la túnica rápidamente y se puso en pie, tambaleándose. Miró hacia arriba. Daemon parecía un cadáver colgado, pero sus ojos estaban fijos en ella. —¿Qué es esa luz? —preguntó él, señalando hacia el pecho de ella. —El recordatorio de la bruja —respondió ella con amargura—. Me está usando como una batería, Daemon. Si ella muere, yo me apago. Pero si yo muero... —Ella despierta —completó él, y esta vez la frase no sonó como una orden, sino como una amarga sentencia. El sonido de unos pasos los interrumpió. Del linde del bosque salió un grupo de Elfos Ancianos, sus cabellos plateados brillando bajo la luz opaca de la mañana y sus rostros tallados en una expresión de severidad milenaria. A la cabeza iba Galandril, el Guardián de las Raíces, un elfo cuya magia estaba ligada directamente al Árbol Sagrado. Allicent se puso en guardia, cruzando los brazos sobre el pecho. —Llegan tarde para la boda —escupió ella—. Y un poco temprano para el funeral. Galandril ignoró el sarcasmo. Se acercó al Sauce Llorón, pero se detuvo a tres metros de distancia, extendiendo sus manos largas y delgadas. Una luz verde pálida brotó de sus palmas, rodeando el tronco. —Esto es peor de lo que imaginamos —dijo el ancianoq—. El árbol no solo lo sostiene. Lo está absorbiendo poco a poco. Daemon soltó un gruñido de dolor cuando las raíces del árbol parecieron apretarse alrededor de sus tobillos. —¿Qué significa eso? —rugió el Alfa—. ¡Sáquenme de aquí! ¡Usen su magia y corten esta flecha! —No podemos, Alfa del Norte —respondió otro anciano, uno de ojos dorados—. El Sauce Llorón está intentando salvarse. Ha detectado el veneno de la flecha y está usando tu cuerpo, tu sangre de lobo, como un filtro. Está absorbiendo la toxicidad a través de ti para neutralizarla. Si cortamos la flecha o te arrancamos de aquí ahora, el veneno se liberará de golpe en el corazón del árbol. El Sauce morirá, y con él, toda la vida mística de este Valle. Los manantiales se secarán y la barrera contra los Orcos caerá para siempre. —¿Me están diciendo que tengo que quedarme aquí clavado hasta que el árbol termine de cenar? —Daemon soltó una risa amarga que terminó en un quejido de dolor—. ¡Me estoy muriendo! Allicent dio un paso adelante, encarando a Galandril. —Tiene que haber otra forma. Los Elfos siempre tienen una salida elegante para todo. ¡Hagan algo! Galandril giró sus ojos hacia Allicent, y luego se fijó en el brillo rojo que emanaba de su túnica. —Tú llevas la Runa del Sacrificio, guerrera —dijo con una frialdad que heló la sangre de Allicent—. El vínculo es perfecto. La bruja ha tejido una red de la que no hay escape fácil. El Alfa está atrapado por el árbol, y su Luna está atrapada por tu vida. —Vayan al grano —exigió Allicent, apretando los puños. —El equilibrio de la naturaleza es absoluto —continuó Galandril—. Para que el Alfa se libere, el árbol necesita una fuente de magia pura, una chispa de vida que compense el veneno. Y para que Euvic despierte, el espejo debe romperse. Solo hay una solución que resuelve ambos problemas a la vez. Daemon guardó silencio, escuchando con una atención férrea. Allicent sintió que el vello de sus brazos se erizaba. —Debes eliminar el vínculo, Allicent —dijo el anciano sin parpadear—. Si entregas tu vida aquí, frente al Árbol Sagrado, tu sacrificio le dará al Sauce la fuerza necesaria para expulsar la flecha y sanar a Daemon. Al mismo tiempo, el espejo se romperá y Euvic despertará para guiarnos a todos. Es el camino más noble. Morir por tu Alfa, y por tu pueblo. Allicent sintió un vacío en el estómago. Miró a Daemon. Él no dijo nada. No gritó que era una locura, no le ordenó a los ancianos que se callaran. Simplemente la miró, con esos ojos de lobo que ella tanto conocía, esperando. —¿Noble? —Allicent soltó una carcajada seca, carente de humor—. Me están pidiendo que me abra el cuello para que este idiota pueda casarse y ustedes puedan seguir cuidando sus flores. —Es por el bien mayor —insistió el anciano de ojos dorados—. Eres una guerrera. Tu vida siempre ha pertenecido al clan. ¿Qué mejor final que este? Allicent dio un paso atrás, pero no por miedo. Sus manos bajaron a sus costados y con un movimiento demasiado rápido para el ojo humano, desenvainó su daga de amatista. —Escúchenme bien, momias milenarias —murmuró Allicent, y sus ojos se volvieron amarillos, la pupila rasgada por la furia—. Si alguno de ustedes da un paso más hacia mí con sus discursos de sacrificio, le arrancaré la lengua antes de que pueda terminar su frase. Los ancianos retrocedieron, sorprendidos por la ferocidad de la guerrera. En el mundo Elfo, nadie desafiaba al consejo. —¡Es un sacrilegio! —gritó Galandril—. ¡Estás condenando al Alfa y al Valle por tu orgullo! —¡Estoy condenando su cobardía! —rugió Allicent—. Busquen otra forma. Investiguen sus libros, muelan sus piedras mágicas, hagan lo que sea. Pero mi vida no está en venta. Si quieren un sacrificio, busquen a alguien que no tenga una razón para vivir. Porque yo tengo muchas. Se giró hacia Daemon, quien esperaba ver miedo en ella, o quizás esa lealtad ciega que siempre la había caracterizado. Pero lo que vio fue una llama de rebeldía tan pura que lo dejó sin palabras. —Y tú —dijo ella, señalando a Daemon con la punta de su daga—, deja de mirarme como si fuera una oveja que va al matadero. Si quieres a tu Luna de vuelta, vas a tener que esperar a que yo encuentre a la bruja. Porque no voy a morir para que tú seas feliz. Allicent se dio la vuelta y caminó hacia la casa donde estaba Euvic, dejando a los ancianos murmurando en estado de shock. Daemon se quedó allí, sintiendo cómo las raíces del árbol seguían bebiendo de él. El dolor era insoportable, pero por primera vez, su mente no estaba en Euvic ni en la flecha. Estaba en la espalda de Allicent, en la forma en que se había enfrentado a su propio consejo sin pestañear. El odio que había sentido por ella, esa amargura por estar "viva" mientras su prometida dormía, empezó a transformarse en algo distinto. Una extraña admiración, una chispa de respeto por la terquedad indomable de la mujer que, a pesar de tener el mundo en su contra, se negaba a doblar la rodilla. —Terca... —susurró Daemon para sí mismo, y por primera vez en días, una sombra de sonrisa cruzó su rostro ensangrentado—. Maldita loba orgullosa.






