El sol se hundía sobre Cartagena, tiñendo todo de oro afilado y sombra.
La mansión Torres —sus terrazas cubiertas de jazmín, sus fuentes perezosas donde nadaban los koi— temblaba bajo una urgencia silenciosa.
Una mujer tropezó al bajar por la escalinata de mármol, respirando con dificultad, los dedos temblorosos.
Inés Arámbula —o lo que quedaba de su antigua compostura— lloraba. El rostro enrojecido, el labio tembloroso, las manos retorciéndose en la tela del vestido.
Catalina fue la primera en