La mañana amaneció lenta y densa, cargada de nubes gruesas y de un silencio sobre la hacienda Torres que se sentía antinatural.
Catalina estaba sentada al borde de la cama, con una mano apoyada suavemente sobre el vientre mientras un dolor sordo le enviaba advertencias.
Su cuerpo cambiaba, enviando mensajes que aún no se atrevía a descifrar.
Pero su mente estaba en otro sitio: repasando, una y otra vez, imágenes borrosas de la última sonrisa de Gabriel, el vacío extraño de la casa, y el mutismo